La puerta se cerró y, lentamente, lo poco que quedaba de ruido se fue atenuando. Para cuando me había dado cuenta, sólo quedaba yo, las blancas y aburridas luces, y la guitarra. "Es algo así como cansarse de todo, todo sigue dando vueltas", las frases de Fito resonaban en mi cabeza.
El silencio del departamento me agobiaba y mi estómago bramaba impetuosamente. La bicicleta, sola en el balcón, sólo me incitaba a escapar. Dejé la guitarra en el colchón que pretende ser un sillón, (pretende, en la vida de estudiante), y me levanté a cocinar. Rondaban las nueve y media de la noche y el hambre ya empezaba a agotarme.
No innové demasiado en la cocina, puesto que sólo me hice unos fideos con salsa, que, como si fuera poco, me quedaron picantes. No podía sacarme la cara de culo. Sentía mala vibra desde hacía tres horas y ni los sahumerios podían esfumarla. Pero eso no era problema principal. Yo sabía que todo era resultado de la misma situación rutinaria del correr de los días.
Parecía hecho a propósito, Todos los días, alrededor de las siete de la tarde, cuando ya empezaba a oscurecer, todos los que habían subido y bajado del ascensor conmigo, se iban, para volver recién al otro día. No estoy ahora muy segura de si me bajoneba más el hecho de saber en qué momento me iba a quedar sola, o saber que no podía hacer nada para evitarlo.
Y en aquel momento, en el instante en que cierran la puerta y yo empezaba a practicar los únicos cinco temas que me sé en la guitarra, comenzaba a repasar la tediosa lista de las cosas que más me deprimían - y que todavía lo hacen - en esta vida. Primero, el hecho de mis medocres comidas me hacía extrañar mi casa, la alacena siempre llena, los viejos cocinando y tomando mates ricos (no como los míos, lavados de nacimiento), la música que siempre resuena, los asados familiares.
Luego eso desembocaba en una seguidilla de angustias y sollozos sin razón sobre la facultad, mi barrio, los amigos y la segundaria. Siempre era igual, atrapada psicológicamente entre las cuatro paredes, de las cuales podía salir en cualquier momento que quisiera, nadie podía detenerme. Pero yo sabía que no, no era buena idea. Tenía un miedo mayor que me forzaba a quedarme.
Yo sabía que si alguna vez salía solamente por salir, no iba a volver jamás.
¿Equivocada? No.
El silencio del departamento me agobiaba y mi estómago bramaba impetuosamente. La bicicleta, sola en el balcón, sólo me incitaba a escapar. Dejé la guitarra en el colchón que pretende ser un sillón, (pretende, en la vida de estudiante), y me levanté a cocinar. Rondaban las nueve y media de la noche y el hambre ya empezaba a agotarme.
No innové demasiado en la cocina, puesto que sólo me hice unos fideos con salsa, que, como si fuera poco, me quedaron picantes. No podía sacarme la cara de culo. Sentía mala vibra desde hacía tres horas y ni los sahumerios podían esfumarla. Pero eso no era problema principal. Yo sabía que todo era resultado de la misma situación rutinaria del correr de los días.
Parecía hecho a propósito, Todos los días, alrededor de las siete de la tarde, cuando ya empezaba a oscurecer, todos los que habían subido y bajado del ascensor conmigo, se iban, para volver recién al otro día. No estoy ahora muy segura de si me bajoneba más el hecho de saber en qué momento me iba a quedar sola, o saber que no podía hacer nada para evitarlo.
Y en aquel momento, en el instante en que cierran la puerta y yo empezaba a practicar los únicos cinco temas que me sé en la guitarra, comenzaba a repasar la tediosa lista de las cosas que más me deprimían - y que todavía lo hacen - en esta vida. Primero, el hecho de mis medocres comidas me hacía extrañar mi casa, la alacena siempre llena, los viejos cocinando y tomando mates ricos (no como los míos, lavados de nacimiento), la música que siempre resuena, los asados familiares.
Luego eso desembocaba en una seguidilla de angustias y sollozos sin razón sobre la facultad, mi barrio, los amigos y la segundaria. Siempre era igual, atrapada psicológicamente entre las cuatro paredes, de las cuales podía salir en cualquier momento que quisiera, nadie podía detenerme. Pero yo sabía que no, no era buena idea. Tenía un miedo mayor que me forzaba a quedarme.
Yo sabía que si alguna vez salía solamente por salir, no iba a volver jamás.
¿Equivocada? No.
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Aquí estoy,
te traigo mis cicatrices,
palabras sobre papel pentagramado,
no te fijes mucho en lo que dicen,
me encontrarás
en cada cosa que he callado.
- Jorge Drexler

